martes, 9 de diciembre de 2008

[Relatos] Destructividad

Se dio cuenta tarde de la locura en que había convertido su vida. No se puede decir que fuera enteramente culpa suya, pues fue él quien alimentó la bestia, pero no quien la parió. Siempre le había gustado escribir. En el colegio, la clase de Lengua era su preferida, no por los análisis sintácticos ni el estudio de la ortografía que, sin embargo, dominaba bien; sino por las redacciones que sus compañeros tomaban como desagradables y pesados deberes para casa, pero que para él significaban entretenimiento y oportunidad dejar volar su imaginación. En el instituto participó en concursos de literatura, con pasión, aunque sin demasiado éxito. Pero no se desanimaba, porque mientras le gustara lo que hacía, lo que opinaran los demás era secundario. Pasó la época de las redacciones y llegó la universidad, y siguió escribiendo. Publicaba con frecuencia relatos cortos en diversos sitios de internet, con similar éxito al obtenido en el instituto. Cuando, recién estrenados los veinte años, murieron sus padres en uno de tantos accidentes de tráfico, poco podía imaginar hasta dónde llegarían las consecuencias. Lo peor no fue la profunda depresión creada por la terrible pérdida, sino el método que eligió para superarla, que, por otra parte, fue una elección de lo más lógico.

Eligió escribir sobre ello. Sentía que la rabia y el pesar que oprimían su pecho a la vez liberaban su mente y guiaban su mano, mostrándole los caminos de la inspiración literaria. Produjo páginas y páginas, que jamás enseñaría a nadie. Efectivamente le sirvió para superar el bache, pero también le sirvió para descubrir que la calidad de sus obras se multiplicaba cuando su estado de ánimo era oscuro, así que tomó por costumbre coger su portátil y abrir el procesador de textos en cada bajón emocional. Fue publicando los productos que iba obteniendo de ello. Al principio se asombró del éxito que cosechaban muchos de ellos. Luego fue acostumbrándose. Y él, que siempre se había enorgullecido internamente de escribir por vocación y no hacer caso a las críticas, no tardó mucho en convertirse en adicto.

Terminó la carrera. Seguía publicando en internet, enseñando sus escritos a sus amigos y compañeros de trabajo y enviando de vez en cuando alguno de ellos a diversas revistas literarias. Pero en estas últimas no era capaz de igualar el éxito obtenido por los otros medios. La ambición y la codicia fueron creciendo en él, y la ansiedad aumentó al ver que no era capaz de dar el salto. Esto no le desanimó, sino que le hizo recordar quiénes eran sus musas: el dolor, la depresión y la rabia. Si quería conservar su estilo y mantener su creatividad, no debía descuidarlas. Empezó con pequeños experimentos. Se producía pequeñas lesiones y se obligaba a aguantar el dolor. La ira y la frustración que le producía aquello eran la gasolina para su motor literario. Leves cojeras y alguna que otra cicatriz eran el módico precio a pagar, pero como todo combustible, se acabó agotando. Probó a aumentar la intensidad de su suplicio, pero se había acostumbrado a ello y ya no le era productivo. Necesitaba buscar nuevas formas de sufrir, era el siguiente paso. Lógica aplastante. Cambió su forma de comportarse en casa, con su novia. Comenzaron a discutir con mayor asiduidad. Él aprovechaba los momentos álgidos tras cada discusión para escribir. Funcionaba. Hasta que su pareja descubrió que cada pelea era una bendición para él. No tardó en dejarle. Y fue otra bendición. En esos días fabricó su mejor libro. Lo envió a una editorial de medio pelo que se atrevió a publicarlo, con la contraportada ocupada por una elogiosa crítica que destacaba la ira y la fuerza que desprendían todas y cada una de sus palabras.

Si la muerte de sus padres había sido el final de la primera etapa de su vida, la publicación del libro sería el inicio de la última. Sediento de éxito, fue llevando aún más lejos sus prácticas masoquistas, abandonando su trabajo y destrozando la prácticamente todas sus relaciones personales. Los que le conocían estaban seguros de que el éxito se le había subido a la cabeza convirtiéndole en otro excéntrico famoso más. Saberlo le enfurecía, alimentando más su ego y la perfección de sus historias. Su caída se acercaba cada vez más. La encontró en forma de mujer. Empleada de la editorial que le había llevado a la fama y antigua admiradora de las historias que publicaba en el mundo virtual, cayó enamorada de él. Un amor irracional que él no supo asumir. No podía albergar ningún sentimiento negativo hacia ella. Incapaz de odiar, perdió la capacidad creativa, su estilo se volvió plano y aburrido, las tramas de sus historias, absurdas. Se había enamorado. Tardó poco en quedarse sin ingresos, el banco embargó su casa y sus bienes, incluso su preciado ordenador. Ella le abandonó a su suerte, y se encontró solo, tan solo como siempre había deseado estar. Lleno de furia y de frustración, de odio, de aversión y de asco hacia el mundo y hacia sí mismo. Había encontrado la inspiración perfecta, pero era lo único que le quedaba, pues por tener no tenía ni otra muda de ropa. Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquel no era el camino correcto, que hacía mucho tiempo que estaba sumido en una caída libre. Lo peor de todo es que ya no tenía papel, no tenía voz para expresarlo. Sólo le quedaban sus actos. Si no podía escribir él mismo, que fuera otro el que relatara su vida. Para llevar a cabo su último acto se despojó de todo el asco, la aversión, el odio, la frustración y la furia. En calma con el mundo y consigo mismo, escaló la valla que separaba las vías del tren del barrio en el que había dormido las últimas noches. Esperó a oír el sonido del tren. Cerró los ojos y saltó. Su vida había terminado.


Publicado también en Sopa de Relatos.

2 comentarios:

Cid dijo...

Me gusta. El principio me recuerda a "Remando al viento", por eso de cerar una bestia con tu propia escritura que acaba por destruirte.
=)

Cid dijo...

Me gusta. El principio me recuerda a "Remando al viento", por eso de crear una bestia con tu propia escritura que acaba por destruirte.
=)